Las fotografías viejas nos traen de vuelta el pasado que algún día fue futuro y algún otro presente. Nos traen la magia del momento, los recuerdos y te hacen sentir nostalgia. Hacen que nos demos cuenta de lo rápido que pasa el tiempo, aunque alguna vez sintamos que para nosotros no pasan las horas. El tiempo no corre, el tiempo vuela.
Las fotografías viejas son lo mejor que podemos conservar, para siempre, para sentir que aún estamos ahí, para volver a vivir el momento capturado en la imagen, aunque sea por un segundo. Para soñar que nunca nos fuimos de aquel sitio, para recordar lo felices que éramos o eso tan gracioso que nos pasó y que morimos de risa al recordar.
Por eso, algunas veces me encanta mirarlas, mirarlas y remirarlas y comprobar que todo cambia, que nada está igual y que por mucho que nos empeñemos en que un segundo dure eternamente o incluso, que pase lo más rápido posible, el tiempo sigue su curso y a nosotros, aunque no queramos, aunque luchemos porque no sea así y por alargarlo o acortarlo, solo nos quedará el recuerdo.
Nos vemos pronto,
Lucía.
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