sábado, 7 de enero de 2017

LOS AEROPUERTOS.

Me encantan los aeropuertos. Me encantan por el ajetreo de gente, personas que corren de allá para acá buscando su puerta de embarque, que esperan nerviosos poder pasar el control sin que pite ninguna alarma y que en su maleta no haya ningún tipo de producto prohibido que no puedan transportar.

Me gusta oir el ruido de las ruedas de las maletas pasar, ciento de miles de ruedas por un mismo suelo con destinos diferentes. A veces me paro y pienso lo que pueden llevar: Obviamente casi todas llevan ropa, pero más allá de eso, llevan recuerdos, regalos, y sobre todo alegría, ilusión, felicidad... Es curioso porque si nos ponemos a comparar, el interior de una maleta se asemeja, de alguna manera, al interior de su dueño, que también está lleno de sentimientos.

Me encantan los aeropuertos pero, lo que más me gusta de ellos, es ver a la gente que está ahí, observarla y analizarla mientras espera a que alguien aparezca por la puerta de "salidas" o a que alguien entre por la puerta de embarque y se pierda en un largo pasillo que lleva hasta otra parte del mundo: China, Tailandia, Finlandia, Maldivas, EE.UU, latino américa, Europa... 

Los que esperan, esperan ansiosos, y no paran de moverse de un lado para otro sin quitar ojo de las puertas de salida. Los que se van, están inquietos mientras miran y vuelven a mirar el billete esperando no haberse confundido de hora, o de destino, o de día y que todo esté bien. Y los acompañantes de los que se marchan, aguardan con caras largas, angustiados, y rezan porque se detenga el tiempo y no avance.

Me encantan los reencuentros, la felicidad que sobresale del edificio, los abrazos, los besos. Y aunque parezca extraño, también las despedidas, llenas de pasión, amor y de esperanza de que el adiós se convierta pronto en un saludo de los que no se ven todos los días. No puedo evitarlo.

Es una cosa tan extraña... miles de personas juntas en un punto del mundo cuando hace apenas unas horas cada uno estaba en un lugar diferente. O al revés, miles de personas juntas en un punto que dentro de unas horas estarán separadas por cientos de kilómetros e incluso por una gran diferencia horaria.

Por eso no entiendo a la gente a la que no le gusta esperar en los aeropuertos, y a las que llegan con la hora justa para coger su avión. Porque se pierden todas las cosas maravillosas que están pasando, aunque la mayoría, muchas veces, no somos capaces de ver o simplemente somos incapaces de sentarnos a observar.










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