sábado, 25 de marzo de 2017

ADELA

Adela estaba perdida. Se sentía confusa. Llevaba años intentando buscar de nuevo esa sensación. Esa ilusión tan grande que hacía que todos los días se levantara de nuevo con una sonrisa y sintiéndose como si en ella no pasaran los años.  Llevaba años intentando averiguar si se trataba simplemente de un vacío que llenarían sus nietos, o tal vez sus bisnietos. Sin embargo el tiempo pasaba, y ellos crecían, y de hecho, la visitaban con frecuencia, pero ese vacío jamás se llenó.

Sin embargo, aquel día era diferente, se había levantado como de costumbre a las séis, pero se sentía radiante, una persona nueva, como si hubiera vuelto a nacer. Se sentía joven y bella, con ganas de reír de nuevo después de 30 años. Desde que su marido falleció no lo había vuelto a hacer, se lo tomó como un castigo, como algo personal, y el dolor fue tan grande que sentía que le habían arrancado un órgano vital.  El otoño se lo había llevado, y sin embargo, la primavera no lo traería de vuelta.

Pero ese día incluso el sol brillaba con más fuerza, la primera rosa se abría en el jardín y todo era maravilloso. Se había vuelto a enamorar después de tanto tiempo con el corazón en un puño. El nudo que anidaba en su estómago desde hacía décadas se había convertido en mariposas que no paraban de dar vueltas y entrelazarse entre sí. Y a ella le encantaba, le hacía feliz.

Adela recuperó el amor con ochenta años, frente a ningún pronóstico. Porque el amor es así de inesperado y porque aunque pasen los años, todo el mundo tiene derecho a encontrar de nuevo alguien con quien compartir el resto de sus días. 






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