jueves, 27 de abril de 2017

TRES MESES.

Llevo tres meses en un despacho. Tres meses que no han sido nada fáciles partiendo de la base de que aprender nunca lo es, y aunque generalmente está repleto de "pros", siempre tiene sus "contras", y más teniendo en cuenta que a veces tienes que defender lo indefendible, y que incluso la persona más inexcusable tiene derecho a la tutela judicial efectiva.

Tres meses han dado mucho de sí.  He aprendido a organizarme, a saber cuándo tienes que anteponer un caso a otro y el por qué, y he comprendido que el tiempo generalmente juega en tu contra. Pese a ello, lo he intentado y no puedo más que estar orgullosa de cómo he ido viviendo los días aquí, desde la mesa, desde la posición que algún día espero poder convertir en mi profesión, y de la que espero ganarme la vida porque creo que es para lo que realmente valgo y por lo que he invertido dinero y esfuerzo.

Siempre intento defenderlo todo. Soy de las que piensa que las cosas pasan por algo y que aunque creamos que no, siempre hay dos puntos de vista que debemos tener en cuenta para poder comprender una situación y dar solución a los problemas que de ésta se deriven. 

Soy de las que prefiere una verdad que miles de excusas, y de las que cree que entrando al conocer el fondo de algo, se sacan conclusiones que desde fuera no pueden percibirse, bien porque  son incomprensibles, invisibles o porque, simplemente, no se quieren admitir. 

Y así he pasado los días, intentando interpretar planos que no había visto en mi vida y hacerme pasar por un arquitecto, o ser médico y entender problemas de salud que no había oído en mis 22 años de vida, y sobretodo, intentando sentirme bien con lo que hago. Incluso con aquello que he tenido que modificar 1.000 veces porque no está perfecto y porque siempre tiene fallos, aunque supongo que de eso se trata. 

Y mañana me voy. Me voy y dejo aquí una etapa que espero que algún día se convierta en mi rutina.

Y me haga feliz. 




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